viernes, 22 de julio de 2011

El sentido de la vida

          Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño. Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido. Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.          1ª Corintios 13:11-13
 
 
          A los 16 años cursé 3º de BUP en las Josefinas, de León. Nuestro profesor de religión (católica, claro) se llamaba JuanMa y era un cura de esos progres que se cuestionaba las cosas y hacía la vista gorda para determinados dogmatismos que, especialmente en la adolescencia, suponían una traba gorda para la fe de sus alumnas escépticas. JuanMa murió hace unos años y lo sentí bastante. Espero que a lo largo de su vida encontrara el sentido de la misma y se haya entregado a la misericordia del Único que puede salvar. JuanMa fue mi profesor de religión a lo largo de todo el bachillerato. En 3º nos propuso un tema central para todo el curso y este es el motivo del ensayo que estás leyendo.

          El tema que íbamos a tratar durante todo el curso sería “El sentido de la vida”. En realidad, el gobierno le obligaba por currículo a impartir los temas establecidos, que eran para ese curso unos estudios en no mucha profundidad sobre las diferentes religiones, sectas y creencias del mundo. Él enlazó su obligación con el tema que propuso. Su meta era por supuesto, que llegáramos a la conclusión de que “Extra Ecclesiam nulla salus” ("...fuera de la Iglesia no hay salvación" -Catecismo de la Iglesia Católica, 846-848). Sin embargo el resultado final fue que la inmensa mayoría de mis compañeras no llegó a ninguna conclusión; muchas quedaron desconcertadas, otras simplemente memorizaron lo que tenían que aprender para aprobar el examen final y otras perdieron irremediablemente la fe en la Iglesia y su complicado sistema de salvación. Yo fui una de estas últimas.
Recuerdo perfectamente la semana que tocó estudiar el Protestantismo. Comenzamos con el manifiesto de Lutero y una selección de sus controvertidos escritos sobre los judíos: nada mejor para alejar las posibles dudas sobre su herejía que empezar con una buena dosis de oportuno antisemitismo con un grupo de solidarias adolescentes que acaban de descubrir en Historia, la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias del nazismo. Juanma tuvo la precaución de insistir en la enorme herejía que supone para la Iglesia no aceptar literalmente el significado de las palabras “Este es mi cuerpo, esta es mi sangre”, sin embargo se mostró flexible al mostrar la revolución a nivel interno que inició Lutero con sus críticas al Vaticano. Nos permitió leer las “95 tesis de Wittemberg”. Creo que su esperanza era que nadie tuviera la paciencia de leerlas (¿qué chica de 16 años está interesada en esto?) pero yo estaba interesada y recuerdo que mientras lo leía iba pensando: “jolines, a este le excomulgaron por decir verdades como puños”. Desde ese día y hasta que Jona Corral me presentó el Evangelio en mi propia casa, nunca volví a tener contacto con Lutero, pero ya nunca pude olvidarle. Estoy convencida que esta no era la intención de JuanMa.

          En las clases de religión aprendí sobre las creencias de budistas, testigos de Jehová, judíos, musulmanes y mormones entre otros, pero no encontraba el sentido de la vida en ninguna parte. Tampoco en mi Iglesia, en la que había crecido y en la que estaba recién “confirmada“. Es difícil encontrar el sentido de la vida a los 16 años; es incluso difícil que un chico de 16 años lo ande buscando. Lo cierto es que no tenía mucho interés en estas cuestiones; me preocupaba bastante más lo que la gente pensara de mí.

          Comencé una vida de dos caminos aparentemente opuestos. El día y la noche. Quienes me conocen desde aquellos años pueden dar fe de esta incongruencia de actitudes. Pero he dicho “aparentemente”, porque en realidad eran dos caminos paralelos. Era una niña “buena”, directora del coro de la iglesia, en la versión juvenil. No me perdí una misa en años y años. Iba a Lourdes en peregrinación acompañando a personas enfermas, terminales y discapacitados. Era catequista de los niños que hacían su primera comunión, miembro fundadora de una cofradía de semana santa… lo que muchos llamarían una “meapilas”, vaya. Por otro lado llevaba una vida de adolescente un tanto exaltada. Sin entrar en detalles que Dios ya ha olvidado, mi multitud de pecados hacía imposible un acercamiento al Salvador. Por muchas obras piadosas y mucho lavado de imagen que me esforzara en hacer, volvían las noches del fin de semana con todo lo que traían.
  
          Dios cambió mi forma de andar y mi forma de hablar. Él ha hecho que pueda mirar a mi pasado y darme cuenta de cuán perdida estaba mi vida antes de mostrarme Su misericordia. Me ha ofrecido el olvido de todos mis delitos, me ha dado un nuevo hogar, me ha arrebatado de una muerte segura… es difícil enumerar todos los beneficios que trajo a mi vida el haberme puesto bajo su control. Lo más importante de todo es que logró lo que JuanMa no pudo: dio sentido a mi vida. Un sentido profundo y cierto que va mucho más allá de la fe y mucho más allá de la esperanza.

          Si alguna vez has sentido la angustia existencial: si no encuentras respuestas a las cuestiones de nuestra procedencia y destino. Si en la cama te atormentan pensamientos de muerte y te acongoja la oscuridad en la noche. Si la desaparición de un ser amado te hace pensar que esta vida no tiene razón de ser… te animo a descubrir la Biblia, en una búsqueda personal que en ningún caso te hará mal.

          Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo.           Apocalipsis 3:20

jueves, 24 de febrero de 2011

Sobre padres y profesores

Cuando era soltero tenía seis teorías sobre la educación. Ahora que estoy casado tengo seis hijos y ninguna teoría.
Sir Rochester
 
               Sobre Padres y Profesores.
Desde que acabé la carrera, hace 12 años, he escuchado más de cien veces a más de cien padres, hacer referencia a los socorridos “tres meses de vacaciones” que tienen los profesores. La última ha sido hoy mismo y me ha animado a escribir este comentario, cuando alguien ha insinuado que un trabajador debe, de buena voluntad y casi “motu proprio” acudir al centro educativo desde las 9 (o más bien un poco antes) hasta las 23, para tener abierto dicho centro y que se celebre una fiesta, porque “¡¡para eso tiene luego tres meses de vacaciones!!”. ¿Es que a Vd., cuando le aceptaron para el puesto que ocupa le dijeron: “De vez en cuando tendrá que hacer alguna jornada de 14 horas, por supuesto sin cobrarlas, porque para eso tiene luego un mes de vacaciones”?.
“¡Santo Colegio!”, comentaba yo el último día del puente del Pilar, a una compañera y madre, como yo, de tres niños. Las dos nos reímos un rato, porque durante la carrera, varias veces discutimos sobre la cuestión espinosa: ¿la educación es responsabilidad del entorno familiar o del centro educativo?.
Ella siempre defendió la completa responsabilidad del centro, alegando que una persona puede educar a varios hijos de manera similar (porque ejercer la misma-exacta educación a distintos niños es imposible), pero serán personas del todo diferentes, influidas por los profesores, los compañeros y las experiencias en general que hayan tenido desde Infantil hasta la Universidad, a lo largo de toda su vida académica.
Yo respondía diciendo todo lo contrario “¿Y entonces, cuando no existían los colegios? ¿quién influía en los niños? ¿cómo se han transmitido los valores que caracterizan a cualquier tipo de sociedad desde el hombre de Cromagnon?.
Hoy nuestras posiciones se han acercado. Nos ha marcado el ejercicio de nuestra profesión, pero sobre todo nuestra maternidad, y el día de nuestras carcajadas convinimos que el centro educativo es un centro de aprendizaje social, es cierto, pero sobre todo de aprendizaje académico. En el colegio, personas que se han preparado en distintos campos del conocimiento humano ofrecen a los niños las armas que necesitarán para desenvolverse con eficacia, en un mundo cada vez más competitivo en el ámbito de la información. Un maestro transmite también valores de convivencia cívica, porque son parte de las habilidades necesarias para una correcta socialización; pero un profesor no es un padre ni una madre, ni es su responsabilidad “hacer hombres de bien” a los alumnos bajo su ejercicio. Ese es el trabajo de la familia.
En estos años hemos comprobado que, para la mayor parte de los padres de nuestros alumnos, los profesores somos una suerte de cuidadores de guardería de niños grandes. Se nos exige que nuestros alumnos estén al nivel académico que cada gobierno entiende necesario para los niños de su edad (que en otro orden de cosas, cada año es más bajo y contra esto deberíamos rebelarnos principalmente los padres). Hasta aquí todo correcto; pero además nos encontramos con que si el niño golpea a sus compañeros, es culpa nuestra por no intervenir; si se abre la cabeza en el patio porque se divierte tirándose desde el banco, es culpa nuestra por no quitar el banco; si insulta a los profesores, es culpa nuestra por no saber hacernos respetar; si destroza el mobiliario o material del centro… bueno, ¿para qué vamos a seguir? ¡¡hagan lo que hagan sus hijos siempre será culpa de los profesores!! Nosotros debemos ser además de maestros: secretarios, jefes de estudios o directores; enfermeros, agentes de seguridad, limpiadores de vómitos o cosas peores, reparadores de persianas, acompañantes y responsables civiles en excursiones y actividades varias, interventores en conflictos y muchas cosas más porque, para eso tenemos tres meses de vacaciones ¿no?.
Yo ya nací en democracia y pertenezco a la generación de la E.G.B, la generación del cambio. Mi madre siempre me dijo que “en clase el profe es la ley“, y eso es lo que le repito a mi hija mayor desde los tres años, porque entendemos que “el cambio” no tiene necesariamente que degenerar en “lo contrario”.
Amigos y compañeros en la batalla de la crianza, he aquí una realidad que no muchos padres alcanzan a comprender: no tenemos enemigos dentro del aula; más bien al contrario: los maestros de nuestros hijos son nuestros cómplices y ayudadores, las personas que aparte de enseñarle lo que he explicado antes, “nos liberan” unas cuantas horas al día de la carga educativa.
Un intento de comprensión y respeto hacia los trabajadores de los centros educativos devendrá en beneficios para nuestros propios hijos, que al fin y al cabo es lo que nos interesa a los padres. ¿Nos podemos permitir este esfuerzo sin poner en peligro nuestra honrilla?. Termino con un correo que recibí hace poco. Siento que no sea de mi puño y letra, pero vaya, como si lo hubiera descrito yo misma…
Un día como hoy en un aula de 25 alumnos-as de 3 años.
Entran en " semi-fila" porque se despistan, se sueltan, algunos se vuelven hacia la puerta porque no quieren entrar, ..., les acaricias, intentas calmar y tiras de ellos hasta el aula. "Que monos, que majetes que son, pequeñas personitas aprendiendo a descubrir el mundo".
Quito la mayoría de los chaquetones porque ellos solos no son capaces, para sus papás, que solo tienen uno en casa, dos a lo sumo, es más rápido quitárselo que enseñarle a que lo haga solo, y encima del chaquetón llevan envuelta una gran bufanda, gorro y guantes que hay que guardar en los bolsillos de cada uno con cuidado no vaya a ser que se pierdan y la madre te lo recrimine durante toda la semana. Porque aunque en la reunión de principio de curso se dice bien claro que todas las prendas de vestir deben ir con nombre... ¿para qué?, ya se encargará la profe de recordar de qué niño es cada cosa, total..., solo son 25 niños x 2 guantes + 25 bufandas + 25 bolsitas del almuerzo + 25 gorros..., cuando empiezas a asociar "los de piolín son los de Marta", "Hello Kity de María"...., llega el cambio de tiempo y... vuelta a empezar.
Bolsitas con el desayuno por el suelo, unos sentados en su sitio, otros corriendo por el aula. Se pone orden levantando la voz y dando palmadas. Las 9.20, por fin se han sentado todos: momento de calma, hacemos asamblea. Repito más de 20 veces que para hablar hay que levantar la mano, hay que respetar el turno, unos escuchan, otros están en su mundo y otros, después del gran tazón de cereales de desayuno que les han puesto en casa sienten la llamada de la selva. En mitad de la asamblea 4 niños se levantan porque quieren hacer " caca ". Según van acabando hay que ayudarles a limpiar el culito, porque no saben (otra cosa que sería muchísimo más fácil de aprender en casa pero.. sus atareados papás no han tenido tiempo) y se llenan de caca la ropa, manos, baño y a otro compañero si se acerca demasiado.
Por fin has conseguido que escuchen. "Qué monos", cómo van aprendiendo... cantamos canciones, cuentan sus aventuras, vemos un libro sorprendente que ha traído Pablo de casa con imágenes preciosas del tema que estamos trabajando...
Empezamos el trabajo por rincones, se vive un momento de calma, juegan, experimentan, aprenden, comparten,..., les miras y piensas... "están felices, para comérselos"... y al momento "¡te arrepientes de no haberte comido a alguno!", se levantan, le quitan el material a otro compañero, grito, agresión, llanto... niño a la silla de pensar. Así van 3 uno detrás de otro, más llanto... limpio mocos, limpio mocos.
Para recoger el material yo pido, yo vuelvo a pedir, yo toco el silbato, yo toco el tambor y doy palmadas y termino gritando: ¡¡A RECOGER A ORDENAR CADA COSA EN SU LUGAR!!, a la vez que voy cogiendo cosas del suelo y unos pocos me imitan mientras otros miran extrañados, que deben pensar... "¿recoger?, si eso en casa siempre lo hacen mis papás, ¿por qué lo voy a hacer en el cole?".
Hora del aseo: por grupos se lavan las manos y van al baño. Reparto jabón, reparto servilletas, reparto papel higiénico, algunos son súper autónomos, se nota que lo hacen a menudo, otros... uno empuja porque iba el primero, uno mete el dedito en el grifo, agua por todas partes, pis fuera,...
Almuerzos: ábreme el zumo, se me ha caído el zumo, un yogur abierto en el suelo, galletas oreo pisoteadas, yo no quiero pan, a mi esto no me gusta, en casa nunca lo como, mamá ha dicho que a ver si en el cole aprendo a comerlo, pero a mi no me gusta, llanto me quiero ir con mi mamá, seño pélame la pera que a mi mamá no le ha dado tiempo ("total, ya lo hará la profe que solo tiene 24 niños más en el aula") y limpio mocos.
Anda, fulanito ha vomitado... no hay conserje en el cole porque era un gasto innecesario para el ayuntamiento, ... ¿para qué están los maestros?... ¿qué hago?, dejo solos a los 24 niños mientras voy a por serrín y a cambiar la ropa y llamar a los papás del que está enfermo... ¡¡socorro!!.
Recogemos y 15 minutos para volver a poner los chaquetones. Recreo y madres y abuelos en la muralla vigilando que a sus hijos no les pase nada, porque los maestros ¿para qué estamos?
Mocos, pipi, fulanito me ha pegado, menganito no te subas en el árbol, periquito no muerdas, las pie dras no se chupan, la arena no se come, limpio mocos, limpio mocos, limpio mocos ...
El pequeño Luis se acerca y te dice "Seño ¿te puedo decir una cosa?, Estás muy guapa" "¡Para comérselo!"
Vuelta a clase, colgamos chaquetones en las perchas, limpio caras con toallitas, manos con agua y jabón, y vuelta a la tarea: no se pinta en la hoja del compañero, los papeles a la papelera, limpio mocos, limpio mocos, limpio mocos...

Hora de la salida: la familia agolpada en la puerta para que su hijo-a salga el primero, me piden explicaciones de por qué un niño se ha arrancado la postillita de la frente, otro dice que se ha raspado el dedo con el suelo, otro que no se ha tomado el zumo, otra madre preocupada porque el niño ha bebido poca agua, y otra porque su niño ha salido de clase con mocos, una bufanda que no aparece, un guante perdido desde la semana pasada, una botella de agua que no es suya... ¿y el nombre?, ¿tenía puesto el nombre?...
Llego a casa , la boca seca porque no me acordé o mejor dicho no tuve tiempo de beber agua, y la vecina que me dice, “qué bien ¿ehhh? ya hasta mañana... que poco trabajáis los maestros…” Claro, porque la preparación de la clase y el material del día siguiente me lo ha buscado y elaborado ella o su marido.
Y cuando siempre oyes lo mismo en relación a nuestro trabajo, de lo bien que se vive, de las vacaciones, de la suerte que tenemos de poder estar criando a sus hijos cuando ellos andan despreocupados de sus retoños, piensas: “y siendo que las universidades aceptan matrículas de nuevos alumnos ¿Tan tontita es la gente para no estudiar y tratar de conseguir ese trabajo de sus sueños, donde sin hacer nada te pagan y siempre se está de vacaciones?”
Así con 67 no, con 80 podríamos jubilarnos y tan frescos. Menos mal que siempre hay un "pequeño Luis" que parece que adivina el momento en el que necesitas escuchar unas palabras de ánimo.